A nivel global, la crisis del empleo juvenil se profundiza bajo el impacto de la desaceleración económica, la débil creación de plazas de trabajo, las tensiones geopolíticas y el avance de la inteligencia artificial, factores que llevaron la tasa mundial de desempleo juvenil al 12,4% en 2025 (67 millones de jóvenes), con incrementos severos en economías desarrolladas como Norteamérica (subiendo del 8,3% en 2023 al 9,8% en 2025). En contraposición, el reporte “Tendencias mundiales del empleo juvenil 2026: Regreso al Futuro” de la OIT ubica a América Latina y el Caribe como la única región con un descenso en su tasa de desempleo juvenil, la cual cayó al 11,9% en 2025 (frente al 12,7% en 2024 y lejos del 21,2% de 2020). Sin embargo, este resultado nominalmente positivo no obedece a un dinamismo extraordinario de la demanda laboral, sino al envejecimiento demográfico y a una marcada retracción de la participación de los jóvenes en la fuerza de trabajo.
Detrás de la baja desocupación regional se oculta una severa precariedad laboral. La OIT destaca que el 51,2% de los jóvenes ocupados en Latinoamérica se desempeñan en el sector informal (escalando a 9 de cada 10 en economías de medianos/bajos ingresos), aceptando empleos precarios debido a la imposibilidad financiera de mantenerse desempleados. Paralelamente, el porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan ("ninis") se mantiene estancado sobre el 19,3% a nivel regional (alcanzando cifras alarmantes en Colombia con 27%, y Brasil y Costa Rica con 24%), sumándose a los 257 millones de "ninis" globales. Esta población resulta sustancialmente más difícil de reincorporar mediante políticas públicas y enfrenta severas brechas digitales, agravadas por el hecho de que un 6,1% de los empleos juveniles está altamente expuesto a la automatización por Inteligencia Artificial.
En el contexto venezolano, las dinámicas observadas por la OIT y la CEPAL no solo se replican, sino que se amplifican a niveles extremos debido a la crisis socioeconómica acumulada y al fenómeno migratorio. Aunque en Venezuela las métricas de desempleo abierto reflejen cifras moderadas, esto responde a una informalización radical de la economía: ante salarios formales insuficientes, la juventud se ha visto forzada al comercio informal, emprendimientos de subsistencia y trabajos precarios no regulados. Asimismo, la masiva emigración de jóvenes en edad productiva ha contraído artificialmente la oferta laboral, alterando las estadísticas y dejando un porcentaje elevado de "ninis" desincentivados tanto por la devaluación del título profesional como por el deterioro del sistema educativo y de formación técnica.
El diagnóstico para América Latina y particularmente para Venezuela demuestra que la reducción del desempleo no implica prosperidad si no va acompañada de empleo decente y de calidad. Superar esta trampa estructural exige reformas profundas en los sistemas de formación educativa para cerrar la brecha digital en la era de la IA, incentivos para la formalización de empresas y créditos para jóvenes emprendedores. Para Venezuela, la urgencia es aún mayor: reconstruir el tejido laboral formal y recuperar la calidad educativa son condiciones indispensables para reincorporar a la juventud al aparato productivo y transformar el bono demográfico remanente en motor de crecimiento económico sostenible.


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