La industria petrolera de Venezuela, que resguarda 303.000 millones de barriles en reservas probadas según la OPEP, enfrenta un desafío técnico y financiero sin precedentes para revertir su colapso productivo. Según estimaciones de la consultora Rystad Energy, si el despliegue de capital, taladros y servicios petroleros avanza como se necesita, la producción venezolana podría llegar a 1,6 millones de barriles diarios en 2028 y a 1,8 millones en 2030, con un escenario optimista de hasta 2,58 millones para 2035. Alcanzar esa trayectoria demandará más de 100.000 millones de dólares en el mediano plazo, una cifra que podría escalar hasta 220.000 millones en poco más de una década si el objetivo es recuperar los niveles históricos de infraestructura del sector. Esta recuperación enfrenta, además, un severo cuello de botella operativo: la flota activa de taladros de perforación, que apenas suma 2 unidades, necesitaría llegar a unas 50 para 2028 y a cerca de 80 para 2030.
En el mercado global, la asignación de capital en exploración y producción responde a una disciplina financiera estricta que evalúa el costo total de cada proyecto a lo largo de su vida útil. Los nuevos desarrollos en la Faja del Orinoco tienen un punto de equilibrio superior a los 80 dólares por barril Brent, según Wood Mackenzie, lo que les resta competitividad frente a cuencas de menor costo, como las operaciones terrestres en Medio Oriente. Además, las propiedades físicas del crudo extrapesado venezolano, con una gravedad de entre 8° y 10° API y alto contenido de azufre, exigen procesos térmicos costosos, diluyentes importados y plantas mejoradoras, lo que le impone un descuento estructural frente a referencias como el WTI.
Los inversionistas internacionales perciben, además, riesgos que van más allá de lo puramente técnico. Sobresalen la elevada prima de riesgo país heredada de las estatizaciones pasadas, la incertidumbre sobre la validez jurídica de los marcos contractuales vigentes, y la amenaza de embargos derivados de laudos pendientes ante el CIADI, entre los cuales figuran los de ConocoPhillips y ExxonMobil por la expropiación de sus activos hace más de una década. Frente a la sobreoferta global proyectada y el deterioro de la infraestructura eléctrica y de transporte del país, el capital privado seguirá exigiendo reformas institucionales profundas y tasas de retorno altas para compensar la exposición al riesgo soberano.



