En el complejo ecosistema económico venezolano, la historia de Ridery, liderada por su CEO Gerson Gómez, se presenta como un oasis de éxito en un desierto de financiamiento. Gómez señala que el obstáculo más crítico para el crecimiento de las empresas emergentes es la escasez de capital de riesgo; de hecho, el 100% de la inversión de Ridery es de origen nacional, ya que los inversionistas extranjeros suelen condicionar su apoyo a que la empresa salga de Venezuela. A pesar de haber alcanzado hitos impresionantes, como 35 millones de traslados y la generación de 50,000 puestos de trabajo, el panorama general del país muestra señales de un estancamiento estructural preocupante.
La magnitud del problema es evidente en los datos del informe Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2025, que revela que Venezuela perdió 1,3 millones de emprendedores en apenas un año. Este fenómeno se describe como un "embudo roto": mientras el 77,8% de los emprendimientos son nacientes, con menos de tres meses de vida, apenas un ínfimo 1,9% logra consolidarse como un negocio establecido tras superar los 3,5 años. Este estancamiento sucede por una combinación de factores técnicos: una inflación acumulada devoradora, la inexistencia de crédito bancario debido a un encaje legal del 73% y una "asfixia fiscal" que penaliza la formalización de las pequeñas empresas.
A pesar de este entorno hostil, existen soluciones y casos de éxito que utilizan la tecnología como palanca. Empresas como Cashea han logrado resucitar el crédito al consumo mediante modelos innovadores que mitigan el riesgo para el comercio. Para revertir el retroceso, expertos sugieren una hoja de ruta que incluya exoneraciones fiscales de hasta cinco años para nuevos negocios, la creación de fondos de capital de riesgo y programas de formación en "eficiencia extrema". El reciente anuncio gubernamental del capítulo "Startup Venezuela" busca, en teoría, proveer este apoyo financiero y educativo necesario para transitar de un emprendimiento de mera supervivencia a uno de valor real.
Si bien casos como Ridery demuestran que es posible innovar en entornos complejos, las cifras de deserción masiva nos obligan a analizar: ¿Puede un país prosperar basándose únicamente en la resiliencia heroica de sus ciudadanos?






