Mientras el agro venezolano enfrenta la presión de la sequía y los costos de los insumos importados, una respuesta inesperada crece literalmente en la orilla del mar — sin necesidad de tierra fértil, agua dulce, fertilizantes ni pesticidas. Los vegetales marinos representan la opción de mayor sostenibilidad para el consumo de vegetales en el mundo: estas plantas halófitas solo necesitan un hábitat con agua de mar para prosperar y son muy productivas en kilogramos por hectárea en tierras no fértiles. En las costas de Paraguaná y en la isla de Margarita, un grupo de científicos y emprendedores venezolanos ya cultiva salicornia (espárrago de mar), aceitunas de mar, romero marino y soya marina.
Lo que parece una curiosidad gastronómica es, en realidad, una de las oportunidades económicas más alineadas con el futuro de la alimentación global.
El contexto no podría ser más favorable. La FAO señala categóricamente que el mar tiene capacidad para aportar la cuarta parte de la alimentación mundial para el año 2050. Y Venezuela tiene una ventaja competitiva natural que pocos países pueden igualar: según los diferentes factores climáticos hay distintas especies en cada región, y mientras en otros países logran sus condiciones óptimas solo según la estación, en Venezuela las tienen todo el año. Esa producción continua, en un mundo donde la salinización de los suelos y la escasez de agua dulce avanzan, convierte a las costas venezolanas en un activo agrícola de altísimo valor estratégico. No es un cultivo que compite con la tierra fértil escasa: es un cultivo que aprovecha exactamente lo que Venezuela tiene en abundancia — kilómetros de costa caribeña con sol todo el año.
El valor económico de estos productos no está en el volumen, sino en el posicionamiento premium. La salicornia se encuentra en los menús de algunos de los restaurantes más exclusivos del mundo, y el interés internacional ya tocó la puerta venezolana: el chef español Ángel León, del restaurante Aponiente con tres estrellas Michelin, envió un equipo a Paraguaná para observar los procesos de producción e investigación de estos vegetales marinos. A ese atractivo gastronómico se suma un ángulo nutracéutico poderoso: estos vegetales son ricos en hierro, yodo y vitamina A — las carencias nutricionales más importantes de la población mundial — y permiten desarrollar biosales con menos sodio que la sal convencional, una opción extraordinaria para personas hipertensas. Producto gourmet, alimento funcional e insumo de salud en un mismo cultivo.
Para el restaurador y el emprendedor venezolano, los vegetales marinos representan un caso de manual de cómo convertir un recurso natural ignorado en un activo económico diferenciado. La hoja de ruta es clara: incorporar estos ingredientes en menús de autor para construir narrativa y exclusividad, desarrollar la cadena de producción local para abastecer al mercado nacional, y proyectar la exportación hacia los mercados premium que ya los demandan en Europa y Asia. Venezuela no tiene que inventar nada: tiene que cultivar, profesionalizar y contar la historia de lo que ya crece en sus costas. En la economía gastronómica del futuro, donde sostenibilidad, salud y exclusividad se pagan caro, el mar venezolano guarda una cosecha que apenas comienza a descubrirse.
Fuente: El Estímulo — "Vegetales marinos cultivados en Venezuela" (Alberto Veloz);
Vegetales Marinos de Venezuela; FAO. Análisis y contextualización: Mercadato.




