El BCV acaba de reportar un crecimiento de la economía venezolana del 7,14% durante el segundo trimestre de 2026, marcando así 21 trimestres consecutivos en terreno positivo. Al sumar este resultado al desempeño de los primeros meses, el país cierra la primera mitad del año con una expansión acumulada del 4,83%. Estas cifras suenan a un triunfo indiscutible impulsado por la apertura comercial y la flexibilización de sanciones. Sin embargo, en la práctica económica sabemos que un indicador macroeconómico en verde no siempre se traduce a solo cosas buenas. Para entender lo que realmente está pasando en el país, debemos analizar la profunda paradoja que existe entre el éxito de las grandes industrias y la realidad en la cartera del ciudadano común.
El motor principal que empuja esta recuperación sigue siendo el petróleo, que logró crecer un 9,10% de la mano de los nuevos contratos con empresas extranjeras. Por su parte, la economía no petrolera avanzó un 5,79%, impulsada por saltos impresionantes en el sector financiero y de seguros, así como un fuerte repunte en el área de la construcción. Pero al mirar de cerca, el tejido empresarial muestra una fractura importante. Mientras la gran manufactura privada logró crecer más de un 8%, la pequeña y mediana industria se contrajo casi un 5%, asfixiada diariamente por los cortes en el servicio eléctrico y una carga de impuestos que les ponen muchas restricciones para operar.
A mediano plazo, el panorama luce consolidado. Organismos como el Fondo Monetario Internacional proyectan un crecimiento del 4% para el cierre de 2026, mientras que firmas privadas estiman que el país podría alcanzar alzas de doble dígito a partir de 2027 si se mantienen las inversiones. La otra cara de este crecimiento estadístico es una aplastante inflación interanual de casi el 576% y un salario mínimo estancado que resulta insignificante frente a una canasta alimentaria familiar valorada en casi 728 dólares mensuales.



